En muchos países, el uso terapéutico de psicodélicos sigue limitado principalmente a ensayos clínicos. Sin embargo, existen marcos regulatorios excepcionales, como el uso compasivo, que permite el acceso supervisado a estas sustancias en pacientes seleccionados cuando los tratamientos convencionales han fallado. En este contexto, un estudio reciente analizó datos de un programa hospitalario en Suiza, donde se administró LSD o psilocibina dentro de un protocolo estructurado de terapia asistida por psicodélicos (TAP). Más que confirmar eficacia, este estudio aporta evidencia sobre la viabilidad y seguridad de estas terapias en un entorno clínico real.
Los autores analizaron retrospectivamente los datos de 115 pacientes con depresión resistente y/o trastornos de ansiedad. Todos recibieron una primera sesión con dosis completas de LSD (100 µg) o psilocibina (25 mg), dentro de un protocolo estructurado que incluía preparación, acompañamiento durante la sesión e integración posterior. Los síntomas depresivos y ansiosos se evaluaron mediante escalas estandarizadas (BDI y STAI-T) desde el proceso de selección hasta uno a tres meses después. También se exploraron cambios en regulación emocional (CERQ), características de la experiencia subjetiva (MEQ) y el perfil de efectos adversos durante la sesión.

Tras la intervención, se observó una mejoría significativa tanto en depresión como en ansiedad, mantenida entre uno y tres meses después de la sesión. Además, los eventos adversos reportados fueron mayoritariamente leves y transitorios, sin complicaciones graves ni discontinuaciones del tratamiento. A pesar de que el LSD y la psilocibina mostraron perfiles temporales distintos durante la sesión, no se encontraron diferencias significativas en los resultados clínicos entre ambas sustancias, lo que sugiere que, al menos en este contexto, los efectos podrían depender menos de la molécula específica y más del marco terapéutico que acompaña la experiencia.
Más allá de los síntomas, el estudio también exploró cambios en la forma en que los pacientes procesaban emocionalmente lo vivido. En un subgrupo se observó una disminución de patrones cognitivos típicos de la depresión (rumiación, auto-culpa y anticipación negativa), junto con un mayor uso de estrategias más adaptativas para reinterpretar la experiencia. Aunque estos datos son exploratorios, sugieren que el cambio no solo implica una reducción de síntomas, sino también una modificación en la forma en que la persona se relaciona con sus pensamientos y emociones.
Este tipo de resultados no permite conclusiones definitivas, ya que se trata de un estudio retrospectivo, sin grupo control y basado en escalas autoinformadas. Aun así, aporta algo poco frecuente en la literatura actual: datos clínicos reales provenientes de un programa de uso compasivo. En un campo dominado por ensayos altamente controlados, este trabajo ayuda a aterrizar la discusión hacia lo más relevante: qué tan viable y segura puede ser esta intervención dentro de un sistema de salud. El siguiente paso será confirmar estos hallazgos con diseños prospectivos, comparadores adecuados y seguimiento más prolongado, para entender no solo si funciona, sino cómo integrarlo de forma sostenible y responsable en la práctica clínica.

