Durante décadas, una idea ha acompañado a la investigación psicodélica: quesustancias como la psilocibina o el LSD podrían actuar como modelos de psicosis. El supuesto no es nuevo, pero un estudio publicado en International Journal of Mental Health and Addiction añade ahora una perspectiva poco habitual: la de personas que han experimentado ambas cosas y pueden compararlas desde dentro.
La investigación entrevistó a 19 personas con diagnóstico de trastornos psicóticos no afectivos que también habían usado psicodélicos a dosis plenas. En conjunto, el resultado fue claro: aunque existen algunos puntos de solapamiento, la mayoría no describió las experiencias psicodélicas como algo que se pareciera estrechamente a sus episodios psicóticos.
Uno de los contrastes principales aparece en el plano sensorial y emocional. Los psicodélicos fueron descritos con frecuencia como estados más corporales, sensoriales y afectivos, con cambios visuales, intensificación perceptiva y una gama emocional más amplia. La psicosis, en cambio, apareció más a menudo como una experiencia dominada por el pensamiento, las ideas delirantes y el miedo. En varios relatos, la diferencia no era solo de intensidad, sino de cualidad: en psicosis predominaba una vivencia más amenazante, rígida o autorreferencial.

Eso no significa que no hubiera similitudes. El estudio señala coincidencias parciales en la alteración del pensamiento, la hiperasociación y la atribución de significado. Es decir, en ambos estados podían aparecer conexiones inusuales entre ideas o una sensación de que ciertas percepciones tenían una relevancia especial. Pero también aquí surgía una diferencia importante: durante la psicosis, ese significado solía organizarse alrededor de creencias delirantes autorreferenciales; en los psicodélicos, a menudo se vivía como algo intenso o significativo sin consolidarse necesariamente en una creencia fija. Otro punto llamativo fue el sentido de control. Muchos participantes señalaron que, durante la experiencia psicodélica, conservaban más agencia o más conciencia de que había una causa identificable y temporal para lo que estaban viviendo. Esa sensación era menor en la psicosis.
Cuando se les preguntó qué sustancia se parecía más a sus síntomas psicóticos, la respuesta más frecuente no fueron los psicodélicos, sino el cannabis, seguido de anestésicos disociativos y estimulantes.
Desde una perspectiva de rigor, la conclusión debe ser prudente. Este trabajo no demuestra que los psicodélicos sean seguros o terapéuticos en personas con trastornos psicóticos, y además tiene limitaciones claras: muestra pequeña, diagnósticos autorreportados y posible sesgo de selección. Pero sí cuestiona una simplificación habitual: interpretar los estados psicodélicos como si fueran, sin más, una forma de psicosis.

